A modo de Epitafio1

Hoy te voy relatar la vida de un buen hombre que ha muerto hace poco. En  sus últimos años ha estado viviendo en este distrito aunque la mayor parte de su vida vivió en una aldea de Castilla. Se llamaba Laureano y vivió 93 años, casi un siglo. Nació a principios del siglo XX y murió a principios del siglo XXI. En ese siglo han pasado muchas cosas en el mundo, en tu país y en el mío. No es ahora momento de relatarlas.

Laureano era de esas personas buenas que nunca hacen el mal de forma deliberada ni guardan rencor a los que le han hecho alguna faena. Como cualquier ser humano, buscó su sitio en esta parte del Mundo, formó una familia y trabajó todo lo que pudo por sacarla  adelante.

Fue al Servicio Militar2 de forma voluntaria y allí le pillo la guerra civil: participó en ella, mejor dicho, le obligaron a participar en uno de los bandos. Su capitán descubrió que era carnicero y lo utilizó para el aprovisionamiento de la compañía en la que le incluyeron. En la posguerra siguió el oficio de carnicero, con mínimas condiciones higiénicas. Con su caballo y sus cestas recorrió los pueblos cercanos, llevo carne a muchas personas. Vivió relativamente bien de este oficio, a pesar de las dificultades económicas de la época, reflejadas en un gran libro de clientes morosos. En cierta ocasión me dijo que un buen día lo quemó para romper con el pasado.

Se casó en primeras nupcias con una joven de 18 años, por aquel entonces él tenía 32 años, con ella tuvo dos hijos. Pero el destino se la llevó al poco tiempo, en la flor de la vida. Según me confesó lloró su ausencia por las cuadras y por los caminos. Se caso en segundas nupcias con una hermana de la joven difunta y con ella tuvo ocho hijos más.

Dejó el negocio de la carne por motivos de salud y porque un pueblo tan pequeño no era suficiente mercado para tal negocio, aunque algunos piensan que hubo algún motivo más. Él nunca lo quiso decir. De algo tenía que vivir, así que comenzó a cultivar las pocas fincas que tenía. Sabía poco de agricultura y se incorporó a ella con pocos medios. Comenzó con una pareja de vacas y después de muchos esfuerzos logró tener una pareja de mulas, para él fue un gran paso adelante ya que eran más rápidas. Como ves, Laureano utilizaba aun estos medios en la década de los setenta del siglo XX. Cuando me contó estas andanzas me daba la sensación de que me estaba narrando algún documental sobre la India o sobre algún país del centro de África.

Los rendimientos que obtenía eran escasísimos así que las fincas le daban poco más que para la subsistencia. Quiso aumentar esos rendimientos utilizando la incipiente mecanización, pero como no la podía comprar, arrendaba la maquinaria a sus dueños y muchas veces tuvo que trabajar para su dueño como medio de pago. No solo él sino sus hijos, que aún eran pequeños. Alguno de ellos todavía recuerda las labores realizadas para algunas personas del pueblo: entresacar3 remolacha, hacer bayones4 para poder regarla a manta, quitarle las brozas y escularla4 para su recolección, vendimiar, limpiar las cuadras, etc. Cuando los arrendadores no admitían esta forma de pago, lo tenía que hacer en metálico, así que el primer dinero que sacaba de la venta de las habas, de la remolacha, del trigo o de la alfalfa se lo daba al dueño de la máquina.

No obstante conservó muchas habilidades de la época de carnicero, y alguno de los vecinos le pedía ayuda para el parto de alguna vaca o para hacer la matanza del (los) cerdo (s).  Se fiaban del exquisito tratamiento que hacía con las diferentes piezas: los lomos, los solomillos, los jamones, las costillas, los chorizos, etc.
Se lamentaba a veces de que nadie pagaba bien esta tarea artesana, solamente algunos le regalaban un poco de hígado, unas chichas6, un solomillo o le daban un poco de dinero; aunque al final, cuando la gente ya disponía de más dinero, le pagaban algo mejor.

Con los frutos de esas pocas fincas no podía ofrecer un futuro halagüeño a sus hijos así que tuvieron que buscar la vida fuera de allí. Gracias a la ayuda de sus hermanos y sobrinos, a los consejos del maestro y del párroco de aquella época, se esparcieron por España y se dedican a diversas profesiones: transporte, enseñanza, finanzas públicas, telefonía, etc.

Uno de sus hijos me dijo que en los últimos momentos, cuando la mente ya no controla el cuerpo, cuando por las rendijas del subconsciente salen a la luz las experiencias de la vida que se creían olvidadas, tuvo destellos graciosos: con su mano derecha lentamente sembraba trigo, fumaba un cigarro tras otro o buscaba la gorra para protegerse del sol.

En su esquela escribieron bellas frases, entre ellas:

  • ".....allá donde tu alma repose tendrá un aura de diez estrellas"
  • "Las personas continúan existiendo mientras alguien las recuerde...."

Conozco a muchos de sus hijos y he comprobado que dejó el granero repleto, fruto de lo que sembró durante su larga vida: cariño, lealtad, honradez, gusto por el trabajo bien hecho, comprensión y humanidad. 


1.- Inscripción que se pone, o se supone puesta, sobre un sepulcro o en la lápida o lámina colocada junto al enterramiento.
2.- Ese periodo de tiempo que el Estado exige a todos los hombres para que aprendan algunas cosas sobre la defensa nacional.
3.- Dejar una planta de remolacha entre varias.
4.- Cada seis u ocho surcos se elevaba uno a modo de cerro para regar mejor.
5.- Quitar las hojas de la remolacha y limpiarla.
6.- Carne picada con pimentón, sal, orégano y otras especias, bien amasada para hacer embutidos.

 
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©2006. Lorenzo Alonso