|
Un Canciller de culo inquietoHoy te voy a hablar de un vecino que desde hace varios años viaja por el mundo, primero como asesor y después, cuando le ascendieron, como cónsul. Al menos eso es lo que dicen los papeles que exhibe con orgullo. Ha hecho como muchos de tus compatriotas, cruzar el país de costa a costa, devorando kilómetros, mirando los pueblos y ciudades a gran velocidad y comiendo “fast food” en cualquier mesón al lado de la carretera. Estuvo en un país africano, a orillas del océano Atlántico, en los tiempos que un orangután con uniforme tomó el poder para frenar “el caos y la corrupción existente” e implantar el orden de las sepulturas de un cementerio. Se cambió a otro país africano en formación, bañado por el océano Índico, que, después de siglos de dominación colonial, la guerrilla campaba en los arrabales de la capital, mientras el cuerpo diplomático bebía champán al son de un vals vienes. Huyo a Europa y lo instalaron en la capital de un país que estaba saliendo de décadas de “feliz comunismo” y pobreza real, poco antes de que sus habitantes empezasen a escuchar los gritos de la tribu y se desintegrara en dos naciones diferentes. Ante la situación que se avecinaba, puso tierra y mar por medio y se instaló en medio de una ciudad brasileña, construida a golpes de machete que abrían paso en la selva, en otro tiempo, paraíso idílico. Creyó que era una aventura entre nativos y se encontró con una megalópolis, la selva asfaltada donde las leyes de la supervivencia eran más fuertes que en la propia selva. Se cansó de tanto saltar y se aparcó en un ciudad tranquila de Francia, mirando el jardín, apreciando la cocina y sesteando en el porche. Cada vez que se le acababa el contrato, pasaba una temporada en su pueblo natal prometiendo no volver a moverse de allí y participar en las instituciones locales, como forma de integración en la sociedad original. Pero en realidad buscaba venganza y revancha contra aquellos “politicastros locales” que en su ausencia habían aprobado un plan de desarrollo urbano que dejaba su casa y su jardín rodeados de bloques de pisos de protección oficial, vallas de hormigón y sin vistas al río. Cuando la construyó, a las afueras de un precioso pueblo, solo tenía el campo como vecino y el río como vista, era su casa colonial en el lugar de origen. Pero en su ausencia la ciudad de al lado creció y ese pueblo paso a ser un barrio residencial. En esos días del intervalo, del cambio de destino, se dedicaba a recordar y cultivar amistades que le ayudasen en el cambio, ya que para él la amistad era un medio para conseguir sus fines. Le fascinaban las personas que ostentaban poder o que habían escalado deprisa en la pirámide social, sin importar los medios. A los demás, que se le vieron medrar y le recordaban sus orígenes los consideraba perdedores y “basurilla humana”. Era una persona obsesionada con la huida como forma de resolver un problema, amigo de la “progresía” dominante en ese momento, huidizo de las personas que le recordaban, con su presencia, tiempos anteriores en los que le acompañaban a restaurantes de mala muerte, que, según sus palabras, solo servían para celebrar un suspenso; pues había que mirar al futuro y dejarlas en la cuneta. En definitiva, lo que deseaba era volver a marchar otra vez, porque en aquellos lugares era alguien, era el cónsul, era el europeo, el culto, era una persona respetable, mientras que aquí solo era un oficinista, un burócrata de medio pelo, un pelagatos, que nunca se interesó por su entorno, que con su mediocre formación no había podido escalar a eso puestos que veneraba. Me han dicho que se ha ido de cónsul a una ciudad de México, cercana a Estados Unidos, con el objetivo de que sus hijos se impregnen de la cultura anglosajona. |
| Página Principal
|
| ©2006. Lorenzo Alonso |