Alberto, un burócrata iluminado

En otra ocasión te hablé de la vida interna en una Administración de este país.
En esta ocasión te relataré la historia de un lugar de la Administración, donde la monotonía y la rutina esconden una actividad frenética por sobrevivir, gastando las energías no en mejorar el servicio que presta o la actividad que desarrolla sino en inventarse subproductos, pseudoactividades, "informes-fantasma", etc.

Cuando los objetivos de la organización los marcan los superiores jerárquicos por puro capricho o por iluminación futurista en vez de hacerlo según las demandas de los usuarios o consumidores, cuando la provisión de servicios públicos o la realización de actividades es pura ficción o producto de un análisis burocrático, cuyo fin último es buscar una justificación para perpetuarse, no es extraño que los comportamientos de las personas que integran esa organización sigan unos derroteros informales, deseen entrar en el "círculo mágico del poder", denigren a todo bicho viviente que se mueva a su alrededor, hagan el pasillo y rieguen cada mañana las flores del servilismo y de la demagogia, las plantas del amiguismo y el árbol de la arbitrariedad.

En una Administración, donde las actividades se duplican, triplican,..., sin que el mercado decida cuál es la mejor; donde los cargos y carguillos se multiplican (directores generales, subdirectores generales, subdirectores adjuntos, jefes de área, consejeros, jefes de servicio, jefes de sección, etc., etc.) para hacer de la nada el oficio principal que desempeñan en la vida; es imposible razonar sobre métodos de trabajo o sobre administración por objetivos.

Muchos lugares de la Administración se han convertido en covachuelas de parásitos y en probetas de ensayo (hoy te dedicas a esto, mañana a lo otro, vosotros gestionáis este proyecto, nosotros diseñamos este modelo) cuyos resultados terminan en un cajón o formando parte de una carpeta de colorines.

Como los objetivos no existen, los medios se convierten en un fin en si mismos.

En este mundillo el estado de ánimo del jefe, el puenteo, la zancadilla y el peloteo son normas básicas de  comportamiento. Nada de extraño tiene que Alberto, que un día se hizo funcionario como forma de ganarse la vida (le fallaron otras) y de hacer del servicio público una profesión, haya tenido problemas estos días.

Desde hace muchos años sabe que el trocito de organización en el que está encuadrado no tiene razón de ser, pero el trabajo se acumula y los nervios crecen. Hace el mismo trabajo o parecido a otros tres o cuatro sitios de la Administración estatal que a su vez chocan con otras organizaciones administrativas encargadas de esas tareas en otros niveles (múltiples órganos centrales y múltiples órganos subcentrales de las llamadas comunidades autónomas, de las diputaciones provinciales etc.).

Los jefes de la Dirección pasan de estos servicios o los consideran secundarios, pues pueden obtener la información de los otros órganos; los dirigentes de los órganos periféricos, ante la desorganización de arriba, no hacen ni puto caso a esta tarea; las unidades informantes,  ante la avalancha de peticiones, amontonan en la estantería los diversos cuestionarios que le piden siempre con urgencia; pero los burócratas de este trocito de Administración tapan los oídos y cierran los ojos para seguir adelante por el sendero marcado por ellos mismos.

  • Si no gusta nuestro trabajo, lo hacemos antes que los otros para demostrar que somos los mejores,
  • Si no gusta lo que hacemos, lo presentamos más bonito, con más dibujitos, con más gráficos, con más imagen, con más aparato y más publicidad,
  • Si no gusta lo que producimos, inventamos otros productos y nos dedicamos a diversificar los existentes,
  • y así constantemente.

Estos días Alberto ha puesto en tela de juicio los objetivos de la organización, no ha querido formar parte del "círculo de poder", ha criticado el montaje de tareas inútiles que se ha organizado, ha odiado públicamente los canales de información que moldean la realidad hasta convertir en ciertas las mentiras, está harto de que le prometan más medios y más personas para continuar de oficiante en la ceremonia de la nada, una cortina de humo que esconde simplemente la justificación de la supervivencia de una casta  llamada  a desaparecer, aunque se vista con ropajes de eficiencia (= hacer nada de mejor manera).

Los consejeros del jefecillo montan la operación: imputan una tarea realizada por él a otra persona, dan órdenes a su espalda (lo puentean) y presentan como nuevos objetivos proyectos en los que no participa. Los resultados son fulminantes.

Las personas que trabajan con él toman posiciones, lo denigran, lo saltan, derrochan simpatía ante los nuevos mandarines, ponen zancadillas a los compañeros y se erigen como miembros del clan.

De nada le han  servido sus años de dedicación y experiencia, sus inquietudes por saber cómo se organizan estas actividades en Francia o en Gran Bretaña, su curiosidad por los resultados del "Informe Al  Gore" (informe sobre la modernización de la Administración federal de USA dirigido por el vicepresidente Al Gore), su preocupación por conocer la opinión de las unidades informantes, sus ansias de conocer las autopistas de  información como posible solución, su anuncio de que en el grupo de trabajo no hay colaboración sino miedo y acojonamiento psicológico.

De nada le han servido.

Una vez más Alberto sigue siendo un marginado.

Pero la libertad de pensamiento, la frescura de las inquietudes intelectuales y del conocimiento de la realidad, la crítica radical del poder establecido y de la burocracia estúpida y bobalicona siguen siendo su bandera.

El miedo y la servidumbre voluntaria nunca han sido sus compañeros de viaje.

Ese miedo " a nadar contra corriente del oportunismo" que deriva de la "necesidad vital de ver reconocido su talento por los que no tienen ninguno" y ese "miedo a la soledad" que "inhibe el pensamiento crítico a la vez que su expresión"(Antonio García Trevijano (enlace=>El Mundo)) no ha anidado en su mente.

Ese servilismo que calla ante los comportamientos arbitrarios de los burócratas que se creen jefes, ante los objetivos irrealizables, costosos o corruptos de algunos cargos políticos (los jefes de los burócratas jefes), ante la estúpida visión de que "el jefe siempre tiene razón" y ante la versión moderna de la esclavitud (la amenaza de no cobrar una parte del sueldo llamada eufemísticamente productividad, repartida con criterios del jefe burocrático) no han condicionado su forma de pensar ni su comportamiento.

Todo esto es el producto de la nada como objetivo fundamental de la organización donde trabaja, pagada por todos los ciudadanos. - le dice un compañero de Oficina

Piensa que todo esto no es más una conjura de necios. - le añade.

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©2006. Lorenzo Alonso